Flecha roja

I
Sin arrugar el bronce de tu frente
pasan los enemigos arrebatos.
¡Mucho bien habrás hecho a mucha gente,
cuando cuentas por miles los ingratos!

Y qué pequeños ante ti resultan
tus detractores: no los compadeces?
Tú, más te creces mientras más te insultan,
y más te insultan mientras más creces!
Tus detractores... -torvas medianías
ávidas de apagar los resplandores
conque tú nos alumbras y nos guías-

con tu piedad de apóstol mortifícalos!
Lo que menos importa a los cóndores
Es la persecución de los cernícalos!


II
¡Tantas injurias y agresiones tantas
en el glorioso ascenso de tus días!
¡Si tú fueras Poder, ya los verías
-pobres siervos- de hinojos a tus plantas!

Tal encono por qué? -porque tu mano,
entre la tempestad fosca y siniestra,
se alza como un fanal y en no lejano
confín la ansiada redención nos muestra!

Porque eres noble y grande y, sobre todo,
porque, altiva, sin máculas de lodo,
hoy de la Libertad blandes la enseña...

-¡Relámpago de sangre que tremola
sobre los alaridos de las olas
que acabará por quebrantar la peña!-


III
Porque tú, sin cambiar el derrotero,
sin aleaciones, vas hacia adelante,
con el mango prestigio de tu acero
y tu limpia firmeza de diamante!

Porque nunca -en la paz como en la guerra-
descansas un instante en la porfía...
¡No, ni descansarás en cuanto el día
del triunfo no fulgure en nuestra tierra!

Por eso hoy, ante el cálido derroche
de tu labor en prensa y en tribuna,
los protervos te avientan su reproche;

y, con tenaz mentecatez perruna,
lo mismo que los canes en la noche,
ladran sus impotencias... a la luna!


IV
A ti, todo bondad, valor, alteza,
te arrojan el arpón de la diatriba:
pero ese arpón no alcanza a tu cabeza,
porque ese arpón no llega tan arriba!

Seis lustros de tesón en fiera lucha
contra el mal hecho abismo... Ardua tarea!
y aún tu acento resonar se escucha,
hoy, más alto, en la cívica pelea!

-Patriota nunca desmentido y sano-
todo el vivo rencor que tu alma alienta
contra el intruso, sublevóse.... En vano!

Porque en la sombra el pánico fermenta...
Si tú fueras Poder, el vil peruano
pagado hubiese la feroz afrenta!


V
Cuando el gran latrocinio, sin embozo,
con el fraude imperaba en las alturas,
y eran la expatriación, el calabozo
y el vejamen... las practicas más puras!

Cuando el solo pensar era un delito,
y era virtud la delación y era
la altivez un crimen, por la oscura esfera,
desgarrando la noche, cruzó un grito,

ante el cual, en la cima deshonrada,
aquel régimen de odio y estulticia
tembló como la fiera acorralada

que ante la voz del domador se aterra...
Tú, ya cansado de gritar: «!Justicia!»
lanzaste el reto formidable: «!Guerra!»


VI
Y, como no sabes lo que es miedo,
sordo al prejuicio y ciego ante la traba,
confiado en la razón y en tu denuedo
te lanzaste en la lid sangrienta y brava.

Y ?héroe sin par por tu sublime arrojo-
la Muerte huyó de tu presencia, esquiva,
pues en tu mano de estandarte rojo
quedó más rojo aún y hecho una criba!

Tres años de fatigas y batallas
en el peligro viéronte impasible.
Por qué, pues, no triunfaste? Tú, te callas!

Que respondan por ti mis labios trémulos:
-porque hubo un enemigo más terrible
que el que saliste a combatir: ¡Tus émulos!


VII
Venció la fiera. El despotismo entonces
tronó, locuaz, contra la hazaña tuya;
y los templos cristianos con sus bronces:
¡«Aleluya!», cantaron, ¡«Aleluya!»

Hirvió el champaña alrededor del solio
presidencial; aullaron: «!Alegría!»
los dueños del manchado Capitolio:
¡Toda la iniquidad hecha jauría!

Los que, validos de la azul divisa,
sembrando de cadáveres las rutas,
su agosto hicieron sin pisar la liza!

Los que, para lograr su impuro anhelo,
sacrificaron treinta mil reclutas
tras de vender ?Oh, mengua! ?el patrio suelo!


VIII
¡Ah, pero ya comienza el edificio
vetusto a derrumbarse. Los histriones
envejecen. Saliendo van de quicio,
a trancos, asesinos y ladrones!

La reforma se yergue. El tiempo pasa
con su ley inflexible y el progreso
sopla, como aquilón, sobre la brasa,
mientras se descoyunta el retroceso!

Huye al antro el error, asustadizo,
como al jaral enmarañado, el ciervo,
como a su cueva lóbrega, el erizo!

Y, con las sacudidas de tus hombros,
y con las explosiones de tu verbo,
va el mal quedando reducido a escombros!


IX
¡Loor eterno a ti, varón ilustre,
que en pro de la República ultrajada
pones todo el vigor y todo el lustre
de tu voz, de tu péñola y tu espada!

¡Loor eterno a ti que la bandera
de los libres, en campos de titanes,
izas en el azul como una hoguera
estremecida por los huracanes!

¡Loor eterno a ti que a la victoria
marchas, sin un segundo de desmayo,
cual por entre un ciclón de furias lleno;

sin que te abrume el peso de la gloria,
sin que te ciegue el zigzaguear del rayo
ni te ensordezca el atambor del trueno!


X
Desde la soledad de mi retiro,
en donde hoy solo a laborar me entrego,
en una cumbre trágica te miro
radiar como un crepúsculo de fuego!

Y oigo el desesperante vocerío
de los que hollando hasta su propio aprecio,
sueñan para con la invectiva el río
que arrollándolos va con su desprecio!

Yo, desde aquí, desde el crestón de un monte
que el mar azota, tiendo al horizonte
el arco de mi lira atormentada

y disparo la flecha de mis versos......
Ves? Los ruines, los falsos, los perversos,
Se retuercen!...... ¡La flecha está clavada!

Firma JF
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